Ada Blackjack sabía que la expedición en la que iba a embarcarse era peligrosa. No medía un metro y setenta, delgada, aterrorizada de los osos polares, y sin habilidades prácticas de supervivencia, era la menos probable exploradora del Ártico que uno pudiera imaginar. Pero nadie podía imaginar lo mal que saldría la expedición, y al final, solo Blackjack quedaría con vida.