La muerte del Rey Enrique II de Francia en 1559 propulsó a Catalina de Médici al escenario político. Había estado casada con Enrique durante 26 años y fue su consorte durante doce, tiempo en el que se le permitió poco poder o influencia. En vez de ella, el rey favoreció a su amante, Diana de Poitiers. Sin embargo, Catalina no perdió tiempo en tomar el mando, convirtiéndose en reina regente de su joven hijo, Francisco II. Este fue un poder que mantuvo el resto de su vida, influyendo en los reinados de tres de sus hijos al heredar el trono.

Catalina es una figura polémica, tanto en su época como en el presente. Una italiana de origen humilde, fue víctima de una campaña de propaganda viciosa, también conocida como una leyenda negra. Entre las “pruebas” usadas en su contra figuraba el hecho de que no logró quedarse embarazada durante los primeros diez años de su matrimonio, aunque esto probablemente se debió más a las visitas poco frecuentes de Enrique a su cama y a las anomalías biológicas de los dos. Al final tuvieron diez hijos juntos y siete de ellos sobrevivieron a la infancia. Sin embargo, los tres que llegaron a ser reyes fueron apodados “el enfermo” (Francisco II), “el loco” (Carlos IX) y “el inestable” (Enrique III); esto también se atribuía a Catalina.
Su primera temporada como Reina Madre fue bajo el reinado de su hijo mayor, Francisco. Aunque técnicamente tenía edad suficiente para gobernar solo, el niño era enfermizo y dependía de sus consejeros, que en su mayoría eran Guisa debido al matrimonio de Francisco con María I de Escocia. Catalina no estrictamente tenía derecho a un papel en la corte, pero todos los decretos oficiales de su hijo comenzaban con: «Al placer de la Reina, mi madre, y yo que apruebo cada opinión que tiene…»
Cuando Catalina se dio cuenta de que Francisco iba a morir, actuó con rapidez y prácticamente obligó al Consejo Privado a nombrarla gobernadora de Francia. Tenía amplios poderes y como regente de Carlos IX, de nueve años, se aseguró de mantener a su hijo cerca.
Catalina destacaba por su habilidad política. Durante la década de 1560, los hugonotes protestantes y los católicos estaban inmersos en un conflicto en escalada; mientras tanto, le tocó a Catalina mantener el buen funcionamiento del país, y intentó remediar las diferencias religiosas en el Coloquio de Poissy de 1561. Siendo ignorante de lo profunda que era la división, ella fracasó en esto, aunque no se le puede culpar del todo. Su origen como extranjera a veces hacía difícil comprender los desafíos que enfrentaba; además, quizá incluso merecería ser felicitada por intentar lograr la paz.
Cuando finalmente comenzaron las Guerras de Religión en 1562, Catalina al principio se mostró reacia a involucrarse —y, por extensión, a su hijo. Sin embargo, al final juntó el ejército real y montó un asedio contra los hugonotes. Incluso insistió en visitar el campo de batalla y, al ser advertida del peligro, dijo «Tengo tanto coraje como ustedes».
En 1563, intentó nuevamente restaurar la paz. El Edicto de Amboise puso fin a la primera fase de las Guerras de Religión y garantizó a los hugonotes la libertad de religión y algunos privilegios.
Catalina estaba ansiosa por que todo el país aceptara el Edicto pero debido a la ley sálica tenía menos autoridad que su hijo. Por lo tanto, adelantó la declaración de la mayoría de edad de Carlos y lo llevó a recorrer el reino. Cuando regresaron en 1556, parecía satisfecha de que la paz se mantuviera, habiendo visto a católicos y protestantes bailando juntos.
Se equivocaba.

El momento decisivo para Catalina llegó en 1572. Tras el fallido asesinato del líder hugonote, el almirante Coligny —que también ha sido culpado a Catalina—, Carlos IX declaró: «Que maten el almirante si quieran, pero también debe matar a los hugonotes para que no quede ni uno vivo que me reproche. ¡Matadlos a todos!»
Se ha sugerido que Catalina estaba detrás de esto, habiendo convencido a Carlos de que Coligny lo estaba utilizando y que iba a intentar derrocar a la corte católica.
Dos días después del intento de asesinato llegó la matanza de San Bartolomé. Coligny y a otros líderes hugonotes fueron asesinados y París descendió en pánico. En total, tras cinco días de masacre, se habían asesinados diez miles de hugonotes en París y sus alrededores.
Nunca se ha demostrado que Catalina ordenó los ataques. Sin embargo, la masacre manchó para siempre su reputación.
Charles fue atormentado por la masacre el resto de su vida, culpándose alternativamente a sí mismo y a su madre. Murió en 1574, a los 23 años, y nombró a su madre regente, ya que su hermano, Enrique, estaba en Polonia donde había sido elegido rey.
Enrique fue el hijo predilecto de Catalina y, como que no tenía interés en el trono francés, siguió siendo una figura importante en el trono francés tras su regreso y coronación. Catalina recorrió Francia en su nombre y se convirtió en mecenas de las artes, ganándose un nuevo respeto por parte del pueblo francés.
Basta de romperse, hijo mío. Ahora a reparar.
Catalina de Médici, en su lecho de muerte, a su hijo, Enrique III, según Honoré de Balzac
Sin embargo, a pesar de sus mejores esfuerzos, Enrique se alejó de su madre, y ella vio su orden de asesinar al duque de Guisa y a otros ocho Guisa como un rechazo a todo por lo que había trabajado.
Pocos días después, el 5 de enero de 1589, Catalina murió a la edad de 69 años. Enrique III fue asesinado ese mismo año y, al no tener hijos, la dinastía Valois terminó, siendo sucedida por la casa de Borbón. Se ha sugerido que solo pudieron hacerlo gracias a los esfuerzos de Catalina de Médici.
Fuentes:
- https://www.notablebiographies.com/Ma-Mo/Medici-Catherine-de.html
- Knecht, R. J., ‘Catherine de’ Medici and the French wars of religion’ [Catalina de Médici y las guerras de religión francesas], Historian; London, 62 (1999), 18-23
- Crouzet, Denis, ‘“A strong desire to be a mother to all your subjects”: A Rhetorical Experiment by Catherine de Medici’ [«Un fuerte deseo de ser madre de todos tus súbditos»: Un experimento retórico de Catalina de Médici], Journal of Medieval and Early Modern Studies, 38.1 (2008), 103-118
- Balzac, Honoré de, Catherine de’ Medici, traducido por Katharine Prescott Wormeley (Auckland: The Floating Press, 2010)